domingo, 17 de diciembre de 2006

En cuerpo de mujer


Un tema candente que invita a la reflexión desde ángulos diversos.

El mercado define unas pautas que guían los sueños de muchas jóvenes y mujeres adultas. La propuesta "Barbie" ha marcado las últimas décadas.

El tema de las curvas pronunciadas, de la inversión en la apariencia, de las cirugías y demás parece estar en boga. ¿Hasta que punto somos susceptibles a la publicidad y por qué hacemos lo que hacemos con tal de estar a la moda? ¿Seguimos como borregas las sugerencias de otros? ¿Es todo tan caprichoso como lo comentan los columnistas?

El interés puesto en el atractivo personal está correlacionado con la fertilidad, aunque la inversión no necesariamente cesa cuando ésta decae pues, mientras sea posible, es ventajoso camuflar los síntomas de menor fecundidad. Y es que lo que está en juego y envuelto en veleidades es la reproducción en aras de la supervivencia del genoma.

Las instrucciones que portamos nos soplan: consigue pareja, la mejor que puedas; la emoción del amor es el truco y la recompensa. En el pasado humano la consecuencia era ineludible (los hijos); hoy no, pero las instrucciones siguen siendo indelebles. Conseguir pareja es un imperativo biológico del que se escapan unos pocos. Todo lo que involucre conseguir implica oferta y demanda.

¿Es la belleza femenina un concepto arbitrario? No, dicen los biólogos. Separemos aquí los conceptos belleza y arreglo aunque fácilmente se confundan. Respecto a la belleza desprovista de adornos, empecemos por lo obvio, la relación entre ésta y la salud. Al mejor estilo de los comerciales podría decirse que se valora el cabello lustroso y fuerte y se rehuye el reseco y quebradizo; se prefiere una piel tersa, limpia de vellos y de acné, y se aborrece una piel arrugada, manchada, con lesiones y velluda; se aprecian los ojos de fondo blanco y se desconfía de los rojizos; los dientes blancos y completos nos atraen, no así los oscuros, incompletos y con caries.

Los comerciales lo dicen directamente, sin ambages ni miramientos. Para determinar qué es lo saludable hacemos también promedios mentales subconscientes, tomando como muestra las personas con quienes alternamos. Así lo cree el fisiólogo Johan Koesleg y lo denomina kinofilia, palabra derivada del término griego kino normal, y filia, amor.

Y es que estar por fuera de la norma es indicio, casi siempre, de algún desajuste hormonal, de salud o genético. Sin embargo, algunos rasgos altamente seductores exageran las proporciones y se salen del promedio. Se denominan estímulos supranormales. La fórmula de belleza en la mujer es la suma de indicadores de juventud combinados con los de feminidad.

Estos le dan a la cara un aspecto infantil, y al cuerpo, apariencia de fertilidad: labios gruesos, pómulos salientes, cejas delgadas y arqueadas, nariz y barbilla pequeñas, ojos grandes y pestañas largas; senos y caderas pronunciados, proporción entre cintura y cadera de 0.69 a 0.72 (proporción correlacionada con mayor fertilidad). No sobra advertir que evaluamos la simetría del cuerpo y del rostro. La asimetría extrema no es atractiva, pues indica que el desarrollo fue anómalo, o que el sistema inmunológico es débil. El atractivo puede incrementarse al aumentar la simetría, pero la simetría perfecta no parece ser el pináculo de lo atractivo.

Prestigio y valor

Como seres sociales, las mujeres compiten también por ganar prestigio y valor dentro del propio grupo social y para esto existen las perversiones de la moda (que además cumple otras funciones).

Las clases más altas jerárquicamente imponen la usanza; y las clases menos favorecidas las imitan. La moda crea competencia social. El arreglo y la decoración del cuerpo sirven para aparentar ser mejores, más altos, delgados, elegantes, ricos, sanos...

Esta competencia, como todas, conduce a excesos. Se pueden recolectar cientos de absurdos generados por la moda. Uno extraordinario, en contravía con los principios de salud, fue el de la sonrisa negra, en tiempos de Isabel I: sus seguidoras exhibían los dientes podridos. Todo debido a que sólo los poderosos y ricos podían consumir en exceso confites y violetas azucaradas. Al tiempo que se pudrían los dientes se ostentaba riqueza.

Por la belleza se paga un alto precio, pero no lograrla posee un costo mayor. En últimas se trata de conseguir y mantener pareja. Los estudiosos del tema aseguran que el arreglo femenino está en buena medida determinado por las reglas de la oferta y la demanda, o la ecología del nicho, como lo llaman.

Las revistas como Soho proporcionan un buen indicio de lo que los hombres prefieren. No se necesita forzar a las mujeres que se saben bonitas para que aparezcan en sus páginas. Muchas se pelean por pertenecer a una lista social de "objetos sexuales", lo cual no es tonto, pues otorga ventajas evidentes.

Ser símbolo sexual abre muchas posibilidades, entre otras, la de revelar atributos escondidos. Sin ser notadas es imposible hacer demostraciones. No se trata únicamente de explotación de los hombres a las mujeres, es la explotación de un recurso valioso por parte de las mujeres mismas. La belleza aumenta la jerarquía social y no sólo de la mujer que la ostenta sino también del hombre que la acompaña.

Las evaluaciones sobre la belleza del rostro parecen ser universales. Investigaciones realizadas demuestran que personas de distintas culturas clasifican como bellas las mismas caras, así sean de culturas ajenas. Con la evaluación del cuerpo ocurre otra cosa. Y es que el nicho ecológico selecciona las configuraciones más aptas para el mismo. Los inuits necesitan un cuerpo adaptado a temperaturas muy bajas, muy distinto al espigado de los massais, que lo precisan para sobrevivir en sitios de temperaturas altas.

El arreglo personal varía de manera más caprichosa, aparentemente. En algunos casos es imposible conocer qué impone o impuso un determinado estilo en un momento histórico, sea con respecto al vestido, la ortodoncia, el pelo, los tatuajes, la joyería, el vestuario, la cirugía cosmética o la dieta.

El nicho social actúa tan selectivamente como el nicho físico. Es importante señalar que las modificaciones en el cuerpo han sido usadas por muchos motivos distintos al de aumentar la belleza física.

Variables

Estudios realizados desde 1940 hasta la fecha muestran cómo las variables "ecológicas" influyen en el arreglo y comportamiento femeninos, y quizás ayuden a explicar expresiones y modas que se ha creído obedecen sólo a los intereses de la empresa privada.

En esos estudios, en general, se tienen en cuenta las siguientes variables: la relación entre hombres y mujeres, la seguridad económica y laboral de los individuos y las posibilidades educativas. Se considera que una relación es alta cuando hay 110 hombres por cada 100 mujeres, lo que significa que va a ser difícil para los hombres encontrar pareja.

En cambio, si la relación es baja, digamos que hay 90 hombres por cada 100 mujeres, éstas tendrán el problema, por lo menos en las culturas monogámicas. El arreglo, el peso y el comportamiento en la mujer se modifican apreciablemente según se combinen estas variables (el peso corporal está calificado como una variable importante, pues hasta cierto punto es controlable a voluntad).

Los individuos de una misma ciudad crecen en diferentes nichos; poseen acceso distinto a los recursos y esta variable es fundamental en el comportamiento y el arreglo personal. Cuando la relación machos-hembras es baja, aquellos crecen sus oportunidades sexuales debido al exceso de mujeres, las relaciones de pareja tienden a ser de corto término y aumentan la infidelidad y la inestabilidad matrimonial.

Se ha observado que si el nivel económico de las mujeres es alto se impone como modelo la apariencia delgada o atlética. Este fenómeno es propio de los países industrializados y va correlacionado con actitudes anti-machistas, carencia de tabúes con la menstruación y la virginidad y aumento en los títulos profesionales en las mujeres. Además, el papel de la mujer en otras esferas de la sociedad se vuelve más agresivo.

En los entornos pobres económicamente, los machos poseen recursos materiales mínimos, muchos presentan problemas judiciales, las perspectivas de vida son cortas, las tasas de mortalidad infantil aumentan y también la violencia. Estas condiciones reducen las oportunidades maritales de las hembras.

Aquí las mejores estrategias sexuales son la pronta exhibición de madurez sexual y el embarazo temprano; sería riesgoso esperar para apostarle al futuro. En esta situación se imponen la figura curvilínea, el aumento de maquillaje y los peinados atrayentes. Las jóvenes prefieren a los varones que posean bienes transferibles como dinero, en vez de cualidades personales como ternura o sentido del humor.

Los resultados del último censo en Colombia muestran que la sociedad esta compuesta por un 55 por ciento de mujeres y un 45 por ciento de hombres. En estas condiciones la competencia femenina tiende a ser reñida. Según lo dicho, en las clases económicas más altas se espera que la mujer busque mejorar su educación y desempeño en la sociedad al tiempo que haga esfuerzos por lucir una apariencia esbelta y atlética; en las clases más pobres se esperaría un aumento de voluptuosidad, acompañada de un comportamiento más agresivo y sexualmente precoz; justamente lo que está ocurriendo.

Los rasgos supranormales serán deseados por ambos grupos.

En el tire y afloje de la oferta y la demanda de parejas, la estrategia de no mostrar atributos sexuales, si se impusiera, sería rápidamente traicionada por las desobedientes, lo cual pondría en terrible desventaja a las obedientes.

En la competencia por la exhibición de aquellos cuerpos que acentúan los estímulos supranormales ya mencionados se ha llegado a excesos y a cierta uniformidad. La rareza se ha convertido en demostrar fortaleza sicológica y en no construir por medio de cirugías un cuerpo hiperfemenino.

No deja de ser triste y empobrecedor intelectualmente gastar tantos recursos, energía y tiempo en las uñas, el pelo, las pestañas, la figura, la piel, los dientes, la ropa; sin embargo, es necesario ser conscientes de qué es lo que se esconde detrás de todos estos afanes. Sería deseable, pero no se conoce hasta la fecha estrategia alguna que haga cambiar las preferencias masculinas, determinadas por imperativos subconscientes dirigidos a la reproducción y la supervivencia. Por eso la lucha por modificar las estrategias femeninas para obtener pareja y éxito social es una lucha perdida, no tan fácil como alternar el orden de los números 60-90-60.

Tomado de el suplemento "GENERACIÓN" de El Colombiano


 

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